miércoles, 17 de septiembre de 2008

Bendir Hadya: "Prefiero morir defendiendo mi tierra que vivir bajo la represión"

ENTREVISTA: Bendir Hadya es un soldado en la reserva. Luchó con el Frente Polisario desde el año 1978 y, desde el alto al fuego, trabaja como conductor-guía para el Gobierno saharaui a la espera de retomar las armas como único camino para recuperar su territorio. Con el muro construído por los marroquíes como telón de fondo, contextualiza el conflicto saharaui en la frontera entre ambos territorios.

Estamos muy cerca del muro… ¿Podría explicarnos qué se ve y qué queda oculto tras la barrera de arena?

- Hemos visto el muro, hemos estado cerca, a 75 metros, 80 máximo, y lo que hemos visto son alambradas que lo protegen de los animales, de las personas que no saben nada de la estrategia militar y pueden ser víctimas de una mina por accidente. Pero estos cables no lo rodean todo, a pesar de está todo minado con explosivos antipersona, anticarro, antitanques... Detrás, hay una elevación de arena y un foso que los militares marroquíes pueden usar para desplazarse entre sus bases protegidos de los tiros. Detrás, hay un metro de elevación y otro foso para circular. Al final de todo están las bases construidas para vigilar la presencia del enemigo, que somos nosotros. Esta guardia está siempre levantada detrás de un asentamiento con material militar, con cañones, morteros, misiles y tanques. Todo a lo largo del muro hay una base grande y, a 500 metros, una pequeña. Desconozco el número total de las que hay.

¿Cuántos soldados marroquíes vigilan el muro?

- Sólo puedo decir que la cantidad de los marroquíes en el muro no es fija. Ahora, con el alto al fuego no son tantos como durante la guerra pero siempre, siempre son muchísimos. Por proporción, un soldado saharaui es igual a once de Marruecos.

¿Cuántas minas hay?

- No lo puedo decir pero sé que son de diferentes países: americanas, francesas, españolas…

Los marroquíes llevan treinta años construyendo esta barrera y siguen en ello…

- El muro fue construído en distintas etapas y creo que llevan seis niveles de protección, están empezando el séptimo. Han tardado muchos años porque el Frente Polisiario ha intentado parar la construcción porque divide un pueblo en dos y un país en dos. Además es peligroso para los animales. El pueblo saharaui es conocido por depender del ganado que tiene y con el muro pueden ser un día víctimas de la minas, por eso el Polisario intentaba parar esta vergüenza que los marroquíes están haciendo.

¿Sigue habiendo accidentes?

- Si. No tengo un número concreto pero hay muchos. Escuché hablar de muchos accidentes con personas víctimas de minas, animales muertos, niños mutilados. Cada año podemos decir que hay de siete a nueve, a pesar de que hay muchas vigilancia, podemos decir que la gente tiene bastante información de las minas. Pero los accidentes nos esperan y las minas no perdonan.

¿Es posible calcular el número de presos saharauis?

- Pienso que durante la liberación de estos presos fueron solamente 65 saharauis y estoy seguro, muy, muy seguro que son muchos. Durante una historia de guerra que ha durado muchos años con unas tropas que luchan durante día y noche, los perdidos, los presos, los muertos son de los dos lados. Hemos conseguido durante toda la historia de la guerra más de 65 presos marroquíes, entonces de nuestro lado tenemos que reclamar más porque sabemos que los marroquíes han cogido muchos más. Nosotros liberamos a todos los presos que teníamos.

Hablas de un conflicto largo, pero aún no ha terminado. ¿Qué pasará ahora?

- Lo que pasará nos espera. Yo, individualmente, lo que conozco es que la paz no ha dado nada, que no puede garantizar nada, que los países no ven la imagen real de la causa saharaui o la ven y la olvidan y no quieren decir la verdad. Para mí, seguir la guerra es mejor que la paz porque se puede acompañar en paralelo con las negociaciones y buscar una solución pacífica. Estamos siempre en un infierno, en un exilio y los marroquíes se aprovechan de la riqueza del Sáhara. Eso no es justo.

¿Cómo viven los saharauis que resisten al otro lado del muro?

- Viven bajo la represión marroquí y son gente que realmente quiere ser independiente un día pero con la presencia de los marroquíes no pueden decir lo que quieren porque pueden ser presos, detenidos, desaparecidos o víctimas de la tortura. Viven bajo una represión imperdonable y no pueden decir nada.

Si esto sigue como hasta ahora, ¿el pueblo saharaui podría llegar a desaparecer?

- El pueblo saharaui no desaparecerá en la vida porque generación tras generación los padres dejan la historia a los hijos y éstos a los suyos y la historia saharaui continuará hasta el día de la independencia, que llegará rápidamente.

¿Qué recuerdas de tus días de soldado?

- Los soldados sacrificamos la vida para defender nuestro territorio y nuestro pueblo y estamos preparados para morir un día. Prefiero morir defendiendo a mi madre, mis hermanas, mi tierra, mi riqueza que vivir bajo una represión de Marruecos o de otro país del mundo.

¿Qué opinas del presidente de tu Gobierno, Mohamed Abdelazid?

- Nuestro presidente es ejemplar no hay otro igual al nuestro. Es realmente humano y saharaui y un presidente que luchó antes y durante la presidencia. Es un hombre fiel a la causa, un gobernante sin guardaespaldas porque puede garantizar su propia protección.

¿Qué dejaste tú detrás del muro?

- Mi padre fue inmigrante en Mauritania y yo no nací en el Sáhara, no viví la historia de la colonia española y la guerra hasta 1978 y 79. Mi padre fue un beduino, tenía muchos camellos y mucha riqueza animal, entonces no me faltaría nada. Cuando en 1978 entré en el Polisario, mi familia dijo: “somos saharauis, nuestro hijo se ha ido y tenemos que ir también” y vino conmigo. Ahora vivimos como todos los saharauis, dependiendo de ayudas humanitarias. Los saharauis no tendrían por qué vivir como lo hacen hoy, en un desierto, dependiendo de un kilo de arroz, un litro de aceite. Tenemos muchas riquezas y podríamos vivir como muchos otros pueblos, pero la situación es esta.

(Fotografía de Pelu Vidal en la que el militar del Frente Polisario, Bendit Hadya, exhibe uno de los elementos de defensa de los que dispone el ejercito a ese lado del muro en el Sáhara)


martes, 16 de septiembre de 2008

Decidir en libertad

En una casa de adobe de la daira de Angala. Su rostro iluminado por la luz de un amanecer que trae la vida a un campamento que parecía desierto y el resto de su cuerpo cubierto por una melfa (traje tradicional de la mujer saharaui), Asma prepara el té silenciosa, expectante a cualquier posible petición de sus invitados y muy curiosa con lo que dicen a su alrededor a pesar de que prácticamente no entiende ni habla el español que este verano tanto han perfeccionado su hermana Jadidja y su tío Said. O, quizás, precisamente por eso. Por la profundidad de su mirada, la seguridad de sus movimientos y los gestos maternales con los que sirve a Jadidja el primer desayuno en el Sáhara, Asma podría parecer la cabeza de familia, pero tan sólo tiene 21 años. A pesar de su juventud, arrastra una historia que la ha hecho madurar rápidamente en medio del paisaje uniforme que conforman a su alrededor arena sobre arena, adobe derretido de casas destrozadas por el agua, jaimas y vestimentas de colores brillantes.

Una de esas construcciones venidas abajo era la de Asma, en la que vivió durante un año con el que fue su marido hasta hace el mismo tiempo. Por fortuna, no llegaron a tener hijos porque el hombre resultó “no ser lo que esperaba”.

Maquillada durante todo el día y muy pendiente de estar bien combinada. Pero Asma se cubre con su melfa desde que a los 11 años empezó a asumir las responsabilidades de su familia, mucho antes de la edad habitual en los campamentos de refugiados. No lo hace por imposición o tradición, sino por decisión; una elección meditada y con fundamento. Esta vestimenta, una tela de unos cuatro metros con la que rodea toda la silueta, protege su cabeza de la intensidad del sol más denso del desierto; oculta su cara de unos rayos que dan más color a su piel morena en una sociedad en la que un cuerpo pálido constituye el canon de belleza; y desdibuja las formas de un cuerpo que le avergüenza mostrar a los hombres.

Asma tuvo la libertad de elegir. De decir sí a un marido al que luego abandonó. De optar por una melfa que solo deja a la vista sus intensos ojos negros, más profundos cuando alarga sus pestañas con una capa de rimel. Pero esa libertad tiene sus limitaciones; acaba donde empiezan las convicciones que le vienen dadas de una sociedad en la que la mujer no fuma, y las primeras en hacerlo están siendo el centro de todas las miradas; de unas costumbres que dejan a las niñas encerradas en un internado en Argelia mientras sus hermanos varones pueden vivir la ciudad. Su libertad está ahí y Asma sabe que puede elegir, pero la educación que le ha sido dada le dice que su entramado social funciona bien cuando las mujeres se quedan en casa cocinando y limpiando mientras los hombres trabajan o charlan a la sombra de una casa destrozada.

Algunas de sus familiares optaron por continuar con su formación. Una de sus hermanas, de 19 años, ha decidido continuar sus estudios secundarios en Argelia y su prima suspira por ser arquitecta, pero Asma decidió ¿por si misma? dejar a un lado las clases y cambiarlas por una vida en la que “mis profesoras son las cabras”. Cómo no tomar ese camino en una familia marcada por la tragedia en la que, cuando se va el calor del verano, y llega el frío invierno, ella y su tía son las únicas mujeres en edad de trabajar que queda en la casa, con un niño de un año y tres meses a su cargo (Aladin, el hermano de Jadidja).

Su padre, ciego después de que una bomba explotase a escasos metros de sus ojos durante la guerra, pasa el verano en el campo, a 400 kilómetros de su casa, incapaz de soporta la crudeza del desierto. Su hermano mayor se convirtió en el orgullo de todo su entorno al alistarse en el ejercito y contribuir a defender un territorio que tanto le ha costado recuperar al Frente Saharaui tras ser ocupado por Marruecos. Y, desde hace dos años, todos deben vivir en la jaima de sus abuelos porque la suya se agrietó y vino abajo con unas gotas de lluvia, las únicas que cayeron en su wilaya aquel invierno. La suya es “una familia flaca”, como la define su abuelo, porque está cimentada en mujeres en una sociedad que sitúa a los hombres a la cabeza de la jerarquía.

A Asma le encantaría viajar a España, a ser posible, a Galicia, pero las desgracias y desencuentros de su historia se lo impiden. Después de pasar dos meses de ‘Vacaciones en Paz’ en Extremadura cuando tenía ocho años, sus padres decidieron que no volvería. Ya de mayor, con los papeles de su matrimonio firmados y libre de nuevo con un divorcio que ya empieza a ser natural en los campamentos, quiso regresar, pero la mala salud la visitó y su estómago acumula ya tres operaciones en el hospital de Rabuni por una enfermedad cuyos detalles desconoce.

Ahora quiere hacer su viaje, pero no tiene dinero para costear el papeleo. Únicamente quiere que le permitan visitar un hospital para que la curen, pero la burocracia está ahí para complicarle sus deseos.

Asma se queda en casa sin viajar ni estudiar. Asma se cubre con una melfa. Asma embellece el ritual del té cuidando al máximo cada detalle, desde cuidar la colocación de su vestimenta hasta cruzar sus piernas siempre con la misma meticulosidad. Asma cocina con sus propias manos el mejor Sable del mundo, unas galletas con mermelada que hacen inolvidable tu primer amanecer en el desierto.

(Fotografía: Pelu Vidal)

Faith Factory

Como la noche y el día, la realidad de los refugiados saharauis emerge en un estallido de contrastes que rompen el pensamiento occidental encorsetado por los estereotipos. La ignorancia, la conformidad, el desorden o la falta de aptitud se dan de bruces con la convicción de un pueblo que no se resigna a perder su pasado, ni su futuro, a merced de la política internacional. Faith Factory, el magazine trimestral que Faloka, madre de nuestro amigo Salama y periodista coordina, es un buen ejemplo. El nombre lo dice todo: fe, esperanza, acción.
Con 34 años y 4 hijos pequeños (se casó con 22), lleva sola su casa mientras su marido persigue en España “los papeles”. En el barrio 3 de la wilaya de El Aaiún, Faloka se encarga del Centro de la Mujer, donde también se imparten clases de electricidad o conducción en una sociedad eminentemente femenina.

La publicación se hace eco de la dramática situación de los suyos al otro lado del muro, en especial, de las mujeres. Cada número guarda siempre un espacio para recordar y ensalzar el valor de aquéllas que luchan en los territorios ocupados por un Sáhara libre y, gracias a gente como Faloka, nombres como el de Batul Sidi (madre de un ministro saharaui y 25 años encarcelada), viven en el imaginario colectivo.

Manifestaciones diarias en la calle, frente a frente con los soldados marroquíes a los que muestran sus pancartas reivindicativas, acaban con cargas violentas y, para algunos, con la cárcel, cuentan. Prisiones en las que, según muestran los folletos circulan de mano en mano por los campamentos, las condiciones de vida infrahumanas (donde la falta de espacio es abrumadora) y las torturas (abundan las imágenes de rostros ensangrentados, quemados y mutilados) dejan en evidencia el papel de la seguridad internacional.

Para muchos, casi todos, la tragedia nacional se hunde en la personal y las historias de familias partidas por el muro –como antes sucediera en otros lugares- se cuentan con la serenidad de quien lleva 33 años esperando. Pero la paciencia se agota, y entre los hombres se hace evidente la impotencia y la desolación: quieren volver “a hacer la guerra” porque, explican, “sin presión no avanzamos”. Lo dice Bendir, un soldado que aguarda ansioso coger las armas otra vez y que ahora trabaja de conductor-guía para los extranjeros. “Mi familia era muy rica, mi padre tenía muchos camellos y yo ahora dependo de un kilo de arroz para vivir”, se lamenta. “Para esta vida prefiero la muerte”. Su testimonio es demoledor y, sin embargo, no hay ni un ápice de resentimiento en su mirada. Como otros muchos culpa al Gobierno español de su destierro, pero agradece la mano tendida por la población.

Bendir quiere luchar y “se lo he dicho a nuestro presidente”. Dice que él es “un hombre de paz, muy bueno, escucha todas las ideas pero ya le ha dicho a la ONU que no puede controlar a todos los saharauis”. “Estamos preparados para aguantar 4 años de guerra”, el armamento (“sólo ruso”, puntualiza) espera en almacenes ocultos en el desierto el momento de dejar las pancartas y los panfletos y de volver a empuñar un rifle. Entre tanto, cada uno hace la ‘intifada’ como puede. Desde un periódico, como Faloka, o al servicio de un presidente demasiado paciente para Bendir, que aguarda con un ojo abierto en las trincheras.

Entre tanto, cada uno hace la ‘intifada’ como puede. Desde un periódico, como Faloka, o al servicio de un presidente demasiado paciente para Bendir, que aguarda con un ojo abierto en las trincheras.
(Fotografía: Pelu Vidal)

Cuatro días en el Sáhara llenos de sensaciones, experiencias y vivencias inolvidables

-Día 11 de septiembre: Llegamos al aeropuerto de Santiago y allí pudimos experimentar el duro trabajo de porteador al descargar las maletas de los 252 niños saharauis que llegaron en cinco autobuses y un minibús, además de una furgoneta con ayuda humanitaria y material informático.

Fue la primera muestra de solidaridad de los miembros de Agareso, ayudando a los miembros de Solidariedade Galega co Pobo Saharaui con la inestimable colaboración de dos turistas andaluces recién aterrizados que colaboraron alarmados por nuestra penosa situación física.
Agotados y tirados en una sala del aeropuerto, presenciamos una escena típica de la Semana Fantástica de El Corte Inglés: boinas parisinas, peinados punky, manicura francesa (Pelu aprendió a hacerse las uñas), gafas de sol ultra modernas, estética rapera, brazos cubiertos de pulseras hasta el codo, móviles de última generación y todo tipo de aparatos electrónicos. Y entre los 252 niños una empleada de la limpieza sudaba la gota gorda para intentar acabar su trabajo a la hora.

Ya dentro del avión, Lara vivió un momento de pánico al tener que enfrentarse a 100 niños en solitario (Natalia gestionaba la parte trasera mientras Suso y Pelu echaban una siesta en primera clase). Fueron cinco horas de viaje en las que los cuatro sorteamos vómitos, pises y gritos, muchos gritos mientras las azafatas se hacían las argelinas. Los niños llevaban pilas Duracell.

-Día 12 de septiembre: A las 2 de la mañana tocamos suelo africano. En el aeropuerto de Tindouf Natalia vivió su primer momento de pánico. Uno de los responsables de seguridad vino a buscarla al aparcamiento para comunicarle que tenía prohibida su entrada en Argelia. Debía pasar la noche en Tindouf y ser repatriada a España. Ahí conoció el “dudoso” sentido del humor argelino.
Mientras los niños trepaban por los camiones-autobús para volver a sus casas y nosotros esperábamos por el equipaje, Suso, con ansiedad de nicotina, revivió cuando un saharaui le confesaba: “Aquí puedes fumar hasta en el hospital”.

Poco después, Natalia y Lara… vini, vidi, vinci. Dos mozuelos del lugar, uno “de Rodeiro”, intentaban echarles el lazo. Mientras, unos metros más allá, Pelu también tenía su panic moment. 200 niños le asediaban gritando: “¡Foto, foto!”
Dos horas después pudimos subirnos a un autobús que gritaba ¡Sáhara Libre! sin sospechar que sería una auténtica romería. Allí estaba nuestro amigo de Rodeiro echando un pitillito mientras atravesábamos el desierto a ritmo de reggaeton saharaui. Uno de los soldados de un check-point detectó la presencia de Suso, rodeado de niños, al fondo del vehículo y rompió la magia del momento pidiéndole el pasaporte, sólo a él.
Entramos en el campamento y una ambulancia con todas las sirenas en marcha anunciaba nuestra llegada, por si la megafonía del autobús hubiese dejado a alguien dormido.

Al pisar por primera vez la arena del desierto vivimos nuestro momento mágico. El Sáhara nos abrió sus brazos bajo un cielo más limpio y estrellado que nunca. La gran aventura empezó cuando nuestras familias de acogida nos anticipaban en el primer encuentro su extraordinaria calidez. En medio de la oscuridad y a miles de kilómetros de casa, entramos a formar parte de la cadena solidaria que arrancaba en Sanxenxo unos meses atrás de la mano de Belén y Laura, y que ahora sellaban Faloka y Horia abriéndonos las puertas de sus hogares.

Nuestra compañera Laura López, coordinadora de este proyecto, es el candado que ayudó a cerrar el círculo.

(Fotografía: Pelu Vidal)


lunes, 15 de septiembre de 2008

Un desierto llamado hogar

Con 10 años uno empieza a encajar las cosas que suceden a su alrededor. Cuando ese uno es un niño saharaui, los interrogantes parecen no tener final. Salama, como buena parte de los que viven en el árido e inhóspito desierto del Sáhara, conoce también la riqueza, la comodidad y la abundancia que alegran la vista a la sociedad occidental.

Miles de niños cogen cada verano sus mochilas, se montan en el avión y toman tierra en otros puntos del globo más afortunadamente situados, si bien la mayoría se decanta por la península ibérica. También, quizás, porque aquí está la patria de su segunda lengua. Desde Asturias a Andalucía o Galicia, brazos abiertos les esperan para compartir con ellos un verano más fresco, lejos de los 50 grados del desierto al que regresan ya, a principios de septiembre.

Salama no se ajusta al prototipo de niño extrovertido, alegre y despreocupado que podría encajar con su edad. Sin embargo, y aunque su típico gesto serio no le abandona al volver a casa, está claro que es aquí donde reside su felicidad.

Nada enturbia la emoción de volver a pisar suelo africano y al pasar el Estrecho –al “cruzar el agua”, dicen ellos-, el alboroto revive un avión con 250 niños menores de 15 años, entre ellos, un Salama engominado con el corte de pelo más cool, rapado por los lados. Con deportivas de plataforma y cordones fosforitos, reloj digital, un teléfono móvil, visera nueva y vaqueros a la moda, enfila el camino a uno de los lugares más inclementes del globo: su casa.

Cuando en el aeropuerto de Tindouf (Argelia), 7 horas después de dejar Lavacolla, aparecen ya los camiones que han cambiado la función de carga por la de transporte público (muchos españoles), la madrugada se revuelve en fiesta. Los pequeños trepan por los laterales y se despiden agitando la mano de otros compañeros de viaje: 4 periodistas españoles que esperan, agotados, su transporte a ras del suelo. Ahora serán ellos los acogidos por dos familias saharauis.
Sin perderles de vista, Salama y Jadizja (los dos protagonistas de esta historia), guían a sus invitados hacia un autobús redecorado con la bandera del Sáhara Libre que conducirá al grupo a la wilaya de El Aaiún, a no más de una hora de camino.

En la última parada, y sin dejarse vencer por el sueño, Salama agarra su mochila y busca a su familia en la oscuridad de una noche sembrada de estrellas. Sin dejarse llevar en exceso por la emociones, el pequeño ‘hombre tranquilo’ abraza a su madre y ayuda con las maletas.

Primero, la familia

Al estilo de un patio andaluz, la casa de Salama luce dos árboles rodeados de fina arena y 5 puertas que conducen a cada una de las estancias construidas de forma independiente (cocina, aseo, salas-dormitorio). En ese patio rectangular al aire libre se encuentra, a las 6 de la mañana, a sus 3 hermanos dormidos, dos primas y la abuela, tendidos en el suelo sobre alfombras y bajo unas vistosas mantas. El techo de madera de la casa de Belén y Beni, sus padres de acogida en Sanxenxo, se queda atrás para recuperar todo el firmamento acurrucado en el regazo de su madre, Faloka.

A la mañana siguiente, cambia las deportivas psicodélicas por sus sandalias habituales y sale a jugar en bicicleta con sus hermanos y sus primos. Las jaymas de unos y otros lindan y la familia comparte casi el 100% de su tiempo en un trasiego de visitas que, fuera de las horas de ayuno, se endulzan con un delicioso té.

Las altas temperaturas y el Ramadán hacen a los niños los reyes del campamento durante la tarde, mientras los mayores descansan. Dentro de la jayma, y a falta de un sistema eléctrico que permita encender la televisión durante más de 5 minutos, los móviles, las cámaras fotográficas y los reproductores de música son los objetos más buscados.

Independiente y responsable, la ausencia temporal del padre parece hacer mella en el niño, pendiente de su familia y atento para ayudar sin que se lo pidan. Ejerce de anfitrión y vigila a sus hermanos, sin abusar de su autoridad y con paciencia, como hacía con Manuel, el hijo pequeño de Belén y Beni. Ni un empujón, ni un grito, Salama hace honor a su nombre: “tranquilo”.

Faloka reconoce que es muy callado, como ella, y pocas veces consigue que sonría, todo lo contrario que sus otros hijos, parlanchines y de risa fácil. Por eso es aún más especial cuando después de varios días de convivencia Salama, más relajado, se arranca a bailar y a cantar con gesto divertido y sin soltar el MP4.

Es el que menos está en casa y cuando está prefiere el segundo plano. Su carácter reservado permanece inalterable y, sin duda, él es quien marca los tiempos, no es de los que se deja llevar. No obstante, olvida su timidez cuando está ante el objetivo de una cámara. Es curioso ver cómo escoge el momento para lucirse: preparando el té, derrapando con su bici o caminando al estilo más rapero. Ahí sí le gusta saberse mirado, será el preludio de la adolescencia.

A la espera de volver a la escuela en un par de semanas, disfruta de sus vacaciones igual que cualquier niño de su edad. Aquí se siente libre y, ahora, contento de volver a casa, a donde regresa con el cariño y las vivencias de su familia de acogida en el bolsillo. De Galicia echa de menos algo más que los chapuzones en la playa, aunque esto no lo diga, y es que sus fotos de Sanxenxo pasan de mano en mano una y otra vez. Tanto que en 3 días ya están algo arrugadas.
En ese espacio compartido por niños y mayores que es la casa, la conversación se pierde por mil derroteros distintos. A última hora de la tarde, cuando se acaba el ayuno del Ramadán, las alfombras vuelven a tomar el patio y van llegando los parientes. Faloka se encarga de preparar el té y, ayudada por sus sobrinas, disponen dátiles con queso y una sopa a base de leche de cabra y harina. Junto a ella, la matriarca llama a los nietos para que se sienten y apoya su cuerpo en el hombro de su hijo mayor, un hombre cordial y divertido de unos 50 años.

El contacto físico y la charla constante, durante la que difícilmente pierden la sonrisa da fe de que, aquí, la familia es lo primero. La situación política del país, la represión que denuncian por parte de Marruecos y su futuro incierto emerge justo detrás, en un tono que revela una profunda tristeza ajena, en todo caso, a la resignación, la vergüenza o la venganza. Salama observa y escucha y, de vez en cuando, levanta la mirada. Los mayores hablan sin tapujos y los niños van haciendo suya, entre juego y juego, la impotencia de su pueblo. Folletos que hablan de muertes y tortura se mezclan con coches de Fórmula 1 y helicópteros de plástico. Así se forja el carácter de un refugiado saharaui.

Al atardecer, después de cenar, Salama deja a sus hermanos en casa, queda con un amigo y sale a dar un paseo por los alrededores. Sus ojos enormes guardan la luna y todas las estrellas que perdió el llamado Primer Mundo. La tragedia no estaba en el regreso.
(En la fotografía, Pelu Vidal capta al inquieto Salama contemplado a su pueblo desde la perspectiva del techo de una Jaima)

Destino final: morriña de Galicia

Pensaban que lo peor había pasado, que, en cuanto subiesen por las escaleras de aquel autobús en el que iniciarán el viaje de regreso a su hogar, el dolor terminaría, pero Jadidja, su prima Rabad y su amiga Fátima acaban de llenar de emociones el asiento trasero del autobús . La expresión de sus rostros deja claro que están pasando un momento intenso, un momento de transición que cada una vive de una forma distinta. Jadidja no puede evitar que las lágrimas corran por su rostro desencajado. Tan solo hace unos minutos que Laura le dio su último abrazo y ya empieza a echarla de menos. Al menos, desde que corrió las cortinas consigue empezar a dominar sus sentimientos, pero hay algo que escapa a su control: la tristeza más grande de todas las despedidas que había tenido desde que, hace tres años, pasó su primer verano de ‘Vacaciones en Paz’ en Sanxenxo. Este año tiene un hito que marca la diferencia con los anteriores: no sabe si podrá regresar el próximo. Su familia pontevedresa quiere que regrese y ella se muere de ganas por hacerlo en el mismo día en que les deja, pero ya está a punto de alcanzar la edad máxima para viajar a España y no sabe si volverán a incluirla en el programa.

El autobús cobra vida y Jadidja vuelve a descubrir la ventanilla. Quiere ver a Laura y a Lorena una última vez. A pesar de que ya han recorrido varios metros y ellas ya se han convertido en un punto irreconocible en el horizonte, sigue atravesando el cristal con una mirada ausente. Ya nadie está al otro lado, ya nadie le saluda con la mano, pero Jadidja quiere permitirse este momento de melancolía, este momento en el que empieza a asumir que todo ha quedado atrás y encara un viaje de más de doce horas de camino a un hogar de adobe, una casa endeble en medio de un paisaje de arena sobre arena. Claro que quiere ver a su familia. Por supuesto que ha echado de menos a su madre y a sus hermanos, pero en O Salnés acaba de dejar una pequeña parte de sí misma.

“¿Cómo es que lloras? Nos volvemos a casa”, le recuerda Fátima entre risas, pero Jadidja no está para risas. Al menos, por unos minutos. Inmediatamente recupera la sonrisa jovial y la personalidad charlatana y empieza a compartir experiencias con sus amigas y el camino hasta el aeropuerto de Santiago se pasa volando. La presencia de los reporteros de Agareso les entretiene y da lugar a muchos comentarios. “¿Os venís al Sáhara? Jeje. ¿Vosotros sabéis cómo se vive alli?”, preguntan intrigadas.

En cuanto pone un pie fuera del autobús y forma fila con sus compañeros de viaje para encarar cinco horas de espera en una sala para poder salir de España, la melancolía vuelve a su rostro.
Risas con los compañeros, bromas sobre la nueva imagen que muestra con el sombrero de vaquera que le regalaron en su despedida y el descubrimiento de todas las novedades que cada uno de los 251 niños que le acompañan llevan al Sáhara separan este momento del próximo más emotivo del viaje: el momento en que el avión despega y empieza a sonar música española de su nuevo MP4, para recordar una vez más las noches de baile y diversión en las verbenas que tanto le llamaron la atención. Comparte sus canciones con sus amigas y una de ellas sorprende a los reporteros de Agareso con una melodía que les sorprende, emociona y quedará grabada en su mente para siempre. Se marcaría con acero en la cabeza de cualquier no musulmán. Es una versión cantada del Corán. “Te lo pongo para que te acostumbres, le escucharás mucho en los próximos días, vienes a los campamentos con el Ramadán”.

La tranquilidad se adueña de Jadidja el restod el viaje, hasta que a las cuatro de la madrugada se baja del autobús que le llevó desde el aeropuerto de Tindouf a la wilalla de El Aaiun, en la daira de Angala, y descubre unos rostros ocultos, pero, para ella, reconocibles en cualquier parte. Cubiertas de la cabeza a los pies, con sólo sus grandes ojos a la vista, comunes a toda la familia, su madre y sus hermanas le dan un fuerte abrazo. Después de varios minutos serpenteando entre casas de adobe y jaimas, en un paseo iluminado únicamente por una luna con un brillo imposible de encontrar en España y un cielo cargado de estrellas, una lágrima cobra vida por su rostro. Acaba de descubrir su jaima y, tumbados sobre mantas y alfombras, a sus parientes varones. El reloj marca las cuatro de la mañana y su abuelo espera con ansia la hora que le separa de la última comida que llenará su estómago antes de 15 horas de ayuno y rezo, pero todos sus pensamientos se borran por un momento de su mente. Recibe a Jadidja con un abrazo que casi la deja sin respiración. “Todo ha ido muy bien, abuelo, una vez más han sido como mi familia”, le explica mientras vuelven a su mente un remolino de recuerdos.

Tan sólo en este momento, con un muro de arena y mar separándola de los árboles que rodean su casa pontevedresa, y que no podrá ver en su campamento, Jadidja acaba de comprender el significado de una de las nuevas palabras que aprendió en Sanxenxo este verano: la morriña.

(En la fotografía de Pelu Vidal, despedida de los niños saharuis de sus familias de acogida en Galicia)

viernes, 12 de septiembre de 2008

La expedición de AGARESO respira calor y polvo en el desierto

La principal novedad es la llegada de la expedición de Reporteiros Galegos Solidarios a los campamentos de refugiados, localizados en el inhospito desierto del Sáhara. Después de una noche de viaje desde Galicia, han logrado otear un horizonte infinito dibujado sobre una inmensa extensión compuesta por cientos cientos de kilómetros de arena. En su particular travesia, han acompañado a los numerosos niños que regresaban de su participación en el programa 'Vacaciones en Paz'. De hecho, varios están siendo motivo de seguimiento en su entorno habitual con sus padres biológicos. En crónicas ya publicadas, minuciosamente elaboradas en base a la experiencia de algunas de las familias de acogida del municipio de Sanxexo, se ha podido recoger uno de los puntos de interés de este ejercicio de contrastes vitales de niños y niñas saharuis en el norte. Ahora, toca el sur.

El calor y el polvo dieron la bienvenida a los cuatro reporteros que, en un escueto contacto con la redacción de AGARESO, han reconocido estar bajo unas condiciones muy alejadas del campo habitual de trabajo. "Internet y otras tecnologías son posibles puntualmente, programando algún desplazamiento para poder encontrar al punto de conexión. Mientras tanto, los primeros días estamos aprovechado para recopilar las primeras historias que, no son pocas, y plasmarlas en cuanto sea posible en el Diario de A bordo", explican.

Repartidos en dos jaimas, dos hombres en una y ambas mujeres en otra, han comenzado su experiencia en un asentamiento donde, a pesar de lo complejo y hostíl del medio, advierten que "la vida es posible desde hace décadas con una organización que recae sobre los hombros de las mujeres". Este lunes, según lo planificado, realizarán un primer envio de crónicas, reportajes y fotografias como principal muestra de un compromiso y esfuerzo por visbilizar una realidad refugiada en medio de la nada.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Una maleta cargada de experiencias

Una mezcla de nerviosismo, tristeza e ilusión flota en el aire. La cuenta atrás ha comenzado. En menos de 48 horas, Salama estará rumbo a su hogar y dejará un vacío en la casa y en la vida de Belén, Beni, Manuel y Yaiza. Con él se llevará una maleta cargada de regalos, comida, medicamentos, ropa, juguetes y, sobre todo, las experiencias que contará a su familia durante los largos días que les esperan resguardados del calor y la arena en su jaima de El Aaiún. Atrás quedará una familia que ya ha empezado a echarle de menos y comienza a pensar en su prometido regreso del próximo verano.

“A medida que se acerca el día, siento algo que no puedo describir. ¿Nervios, tristeza?”, reconoce Belén al otro lado del teléfono, con la voz quebrada por la emoción mientras piensa en la forma de encajar en la maleta de Salama todo lo que quiere que se lleve a su campamento. “Los medicamentos no pueden faltar. Dalsy para los niños, ibuprofeno para los mayores, betadine, tiritas, gasas, algodón… son cosas que allí resultan difíciles de conseguir. Pero también le envío café, azúcar, miel, que a su madre le encanta, juguetes para sus hermanos y ropa para él”, relata, un poco estresada. ¿Cómo cuadrarlo todo en una maleta que no supere los veinte kilos? “Intento que lleve cosas que allí le hagan la vida más fácil. Y no me puedo olvidar de la pulsera y la ropa interior que le compró para su madre, y del reloj, las gafas de sol y el teléfono móvil para poder hablar más fácilmente con él durante el invierno”.
Ajeno a este ajetreo, a Salama no le pasan las horas. La perspectiva de que en dos días podrá estar en brazos de su madre le impide pensar en otra cosa. Ya hace días que tacha mentalmente en el calendario aquellos números que le separan de la jornada de su partida. Parece mentira, pero ya se han cumplido dos meses desde su llegada a Sanxenxo. Las aventuras con Manuel y las nuevas experiencias de este verano pesan a favor de su deseo de regresar el próximo año, de volver a pasar unas vacaciones en un entorno que nada tiene que ver con su hogar en el Sáhara Occidental. La ilusión de volver a jugar con sus hermanos y amigos, de estar rodeado del amor de su familia le empuja a desear que estas 48 horas pasen cuanto antes. Le da igual que le quede por delante un largo y duro viaje en autobús-avión-autobús Cambados-Santiago-Tindouf-El Aaiún. Su mirada brilla de la misma forma que el día le conocí, hace ya un mes, mientras jugaba al fútbol con Manuel y reconocía, con los ojos cargados de emoción y el pensamiento perdido en algún punto del desierto, que lo que más añoraba era estar con su mamá.

Con Belén y Beni tiene todo lo que necesita. Y más. Salama no les pide nada, con todo el cariño, las atenciones y las comodidades que le ofrecen le basta. “Es un chico tímido, muy educado y nunca pide nada, tienes que preguntarle por todo, es como si no quisiera molestar, sólo pasar desapercibido”. Así le definían Belén y Beni hace un mes. Hoy mantienen esta descripción, aunque están convencidos de que este verano han conseguido que se abra un poquito. El cariño del matrimonio y los momentos de juego, televisión, playa y pesca compartidos con su hijo pequeño, Manuel, han conseguido que este niño introvertido deje ver un poco más de si mismo. Justo ahora que se va.

Estos últimos días no están siendo fáciles para Manuel. Últimamente se pelea mucho con Salama, una coraza que oculta una tristeza que un niño de seis años no es capaz de reconocer como tal y con la que intenta llevar lo mejor posible la idea de que su amigo se irá a miles de kilómetros. Cada año es igual. Este ha sido el tercer verano de Salama en Dorrón y el tercero en que Manuel tiene el mismo comportamiento en la recta final de la estancia. “Luego, cuando se va, ya empieza a preguntar cuando es verano de nuevo, para que vuelva Salama”, explica su madre.

El ambiente teñido de nerviosismo y tristeza es inevitable. Este no es el lugar de Salama y su familia pontevedresa tiene su vida establecida entre Dorrón y Vigo. La partida es inminente y saca a la luz una reflexión moral. ¿Hasta qué punto ha sido bueno para Salama pasar un verano de playa y televisión, en una sociedad consumista y una cultura que cada vez da menos importancia a los valores familiares y sociales que sustentan la vida de los campamentos de refugiados saharauis?


(Fotografía: Pelu Vidal)

viernes, 5 de septiembre de 2008

Los contrastes de una infancia en las Rías Baixas a una jaima del Sáhara

Este es el tercer verano que Salama pasa en Sanxenxo (Pontevedra) dentro del programa Vacaciones en Paz y ya no experimenta sensaciones sorprendentes como la que vivió la primera vez que se dio cuenta de que podía tener todo el agua que quisiera, y en el momento que le hiciese falta. ¡Sólo con abrir un grifo! Despertar, encender la televisión y desayunar todos los días cereales de chocolate; sentarse a la mesa y tomar comidas abundantes, merendar un bocadillo de nocilla o pasar la tarde en la playa o pescando son placeres de los que sigue disfrutando como el primer día, pero ya no siente sorpresa al darse cuenta de que así es la forma de vida de un niño español. A sus doce años, y en su tercer verano en Sanxenxo, Jadidja ya tiene confianza con Laura, Serafín y su hija Lorena (su “familia de acogida”) y prácticamente no le da vergüenza pedirle las cosas que le gustan, explicarles que le apetece ducharse tres veces al día, entrar y salir de la piscina o utilizar su maquillaje para acicalarse.

Salama tiene diez años y vive con su madre y tres de sus hermanos en una jaima en el campamento saharaui de El Aaiún, en territorio argelino. Los reporteros de Agareso han tenido la oportunidad de conocer cómo pasa los dos meses de vacaciones con la familia de Belén y Beni en Dorrón (Sanxenxo) y ahora ya saben que lo único que sigue asustándole después de tres veranos con ellos es subirse a un ascensor y usar las escaleras mecánicas. A partir del día 11 de septiembre, podrán conocer cómo es su vida en su entorno habitual, cómo vive con su familia y cómo un niño al que en España es difícil escuchar más de tres palabras seguidas se transforma en el pequeño charlatán y jovial que sus padres dicen que es en el Sáhara occidental.
En los últimos tres años, Jadidja, o Jadi ,como le conocen en Sanxenxo, ha madurado y este verano, por primera vez, ha sorprendido a su familia pontevedresa poniéndose un pañuelo en la cabeza para rezar entre cuatro y seis veces al dia. Agareso también tuvo la oportunidad de conocer cómo vive Jadi su verano en España, en esta ocasión en compañía de su prima Bagbad. En las próximas semanas, los reporteros de la organización podrán vivir la transición de esta niña extrovertida y coqueta que disfruta a lo máximo de cenar una hamburguesa fuera de casa y montar en las atracciones de fiesta a su vida habitual en El Aaiún, un lugar en el que no hay sitio para lujos.

Dos niños de edades y sexos diferentes, y con personalidades contrapuestas. Agareso se ha marcado el reto de conocer cómo son sus vidas en dos lugares, culturas y sociedades tan distanciadas como Sanxenxo y El Aaiún. Y cómo viven la transición de una a otra vida.
Lara Varela, Pelu Vidal, Suso Lago y Natalia Puga viajarán a los campamentos de refugiados que han tenido que huir de su territorio, ocupado por Marruecos, y adentrarse en el desierto argelino para poder vivir en paz. Lo harán con la inestimable ayuda prestada desde el inicio de su trabajo por Laura López, coordinadora del proyecto.
(Fotografía: Pelu Vidal)